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De libros, cuerpos y alucinaciones

Autora: Noemí Martín

Portátil abierto. Documento en blanco y una historia efímera. Hubiera deseado que fuese más larga pero hay días que cuentan como años y minutos que se convierten en décadas. Y recuerdos de saliva y música clásica entre títulos. Y ropa interior de color negro. Y mujeres de verdad.     

Ella era la vendedora de una librería pequeña en el centro de la ciudad. Yo, un estudiante de ingeniería de veinte años. Lo único que teníamos en común era el sufijo de nuestras ocupaciones. En medio, por lo menos, otros veinte años y un día. O quizá dos.

La librería estaba camino de la Facultad y esa tarde llovía como si se fuera a acabar el mundo. Recuerdo las gotas golpeando el paraguas, atravesándolo casi. Yo empezaba el curso después de un verano de fugaces pasiones playeras. El amor aún no me había visitado. Tampoco lo buscaba: era tiempo de volar ligero.

     -Buenos días, ¿me gustaría saber si tienen el volumen dos de matemática aplicada? Es para el segundo curso de Ingeniería de Diseño. 

     -Creo que sí. Espera un momento que voy a consultarlo en el ordenador.

Así, sin florituras. Ese fue el primer intercambio de palabras entre nosotros. Breve como su cuerpo y nada romántico, por cierto.

     -Efectivamente, aquí está, chico. En la estantería más alta de la librería. Y yo con la escalera rota. Suele pasar. Tendrás que servirte tú mismo       porque no llego.

Fue en ese momento, en medio del tráfico de sonrisas, cuando me encontré de frente con su mirada suave. Mis amigas de la Facultad tenían los ojos chispeantes, mi madre cansados y Eva, así ponía en la plaquita identificativa que tenía en el pecho, la mirada como un mar en pausa.  Supongo que eso fue lo que me llamó la atención en el primer momento. Luego, cuando me llevó al fondo de la librería a buscar el tomo, descubrí su silueta pequeña y compacta, sus caderas firmes y su cintura limpia moviéndose despacio.  Y de regalo, por la visita al establecimiento: unos labios rojos infinitos.   

     -Qué chico más alto y eficiente. Serás un ingeniero muy guapo. Es increíble como me recuerdas a mi primer amor o quizá al segundo. Y esa camiseta de Springsteen. Eres muy vintage para tu edad, ¿no? 

     -Mmmm…¡gracias! Ciertamente el comentario de Eva, así en frío, me ruborizó, cosa que no me solía suceder a menudo. Tenía fama de chico atrevido. Esta vez, sin embargo no supe que contestar. No estaba acostumbrado a que una mujer “tan mayor” y tan atractiva se fijase en mí. Todo lo más, las amigas de mi madre hacían alguna broma que ni escuchaba. Supuse que le había hecho gracia. Saqué un billete de cincuenta euros que había sacado del cajero minutos antes y pagué el libro.

     -Hasta otro día, ingeniero.

     -Hasta el próximo libro, Eva. Por cierto, ¿qué está sonando? Lo he escuchado mil veces y me encanta pero no sé ponerle nombre. 

     -Claro de Luna.  Beethoven. Pensé que te iba el rock clásico.   

La tarde transcurrió lenta. Gotas de lluvias. Calculadora, compás y la cara de Eva asomándose en una esquina de mis pensamientos. Debo estar bajo los efectos de alguna droga extraña. Esta mujer debe tener la edad de mi madre o un poco menos. Se me pasará la tontería cuando llegue a la Residencia y me encuentre con Laura. Pensamientos recurrentes e incrédulos. Explicaciones, números y yo en la nube más alta.       

Pero no, la tontería no desapareció sino que se hizo más grande. Casi como un globo gigante sobrevolando mi cerebro obsesivo. Laura estaba en el comedor cuando bajé a cenar y pasó por mi lado como si fuera un ser invisible, a pesar de su sonrisa generosa. La cosa era grave. Llevaba más de un año soñando con ella sin que me hiciera caso y ahora me importaba un pimiento su dentadura brillante.

Cené ensimismado con la melodía de Claro de Luna en la cabeza y Eva iluminado mi retina. Esto es de locos. A mí no me podía gustar de repente “la señora de la librería”. Me fui a la cama nervioso y me desperté de madrugada, sudando, en medio de un sueño irreverentemente maravilloso. Entre libros hacíamos el amor con música de piano de fondo. Definitivamente estaba perdiendo el coco.

Tenía clase a media mañana pero no podía dejar de imaginarme a Eva desde que había abierto los ojos. Tenía que volver a verla con alguna excusa. Un libro de poemas de Bukowski, por ejemplo. “El amor es un perro del infierno”: el favorito de mi padre.  

Con este pensamiento neurótico y una camiseta de Nirvana, llegué hasta la puerta de la librería. Allí estaba, como si no se hubiera movido desde la tarde anterior, con su polo azul marino, los vaqueros gastados y la vista fija en el ordenador. Yo la miré y la imaginé desnuda, como en mi sueño.

     -Sé valiente, Marc. Entra, me susurré. Resoplé y crucé la puerta directo a su mesa.

     - Buenos días, Eva.

     - Buenos días, ingeniero. No te esperaba tan pronto pero realmente me alegras el día.

Eva sonrió y mi ansiedad bajó del pecho a la cintura como el ascensor de un rascacielos.  Intuí por sus palabras y su mirada centelleante que -a pesar de la evidente diferencia de edad- le gustaba coquetear conmigo. Así que decidí seguirle el juego. La partida estaba perdida,  daba igual lo que dijera. Quería disfrutar de la batalla.

     -Tú también me lo alegras a mí. Me encanta el olor de la librería. La mezcla entre tu perfume, el papel y la música clásica, me tiene tonto perdido.

     -Ja, ja: deben ser las hormonas alteradas, ingeniero. Por cierto, ¿cómo te llamas?

     - Marc.

     - Vaya, tienes un nombre muy sensual. Me gusta  mucho, casi tanto como tu camiseta. ¿Venías a buscar algo o simplemente a visitarme antes de ir a clase?

Eva volvía a dejarme sin palabras. Era una especialista en seducción y lo sabía. La notaba confiada, dándome clases con superioridad, como si fuera la profesora experta de una de mis asignaturas de la Facultad. Pero yo era un alumno aplicado y autosuficiente en todo lo que me proponía. Y tenía que demostrarlo.

     -Pues ahora que lo pienso, venía a por un libro de Bukowski: “El amor es un perro del infierno”. Aunque si no lo tienes, tampoco me importa demasiado. Me basta con verte un momento y comprobar que lo de ayer no fue una alucinación. No dormí muy bien, ¿sabes?

     -¿Quieres ese libro? Eva levantó la mirada del ordenador automáticamente y con ojos sorprendidos me hizo un escáner corporal inmediato: desde la punta de los pies hasta la esquina más lejana de mis orejas. Noté su mirada quirúrgica en cada poro, en cada célula. Luego, después de unos segundos de silencio, se levantó de su silla: vamos a buscarlo al almacén, ingeniero. Voy a cerrar la puerta de la calle

No sé cuanto tiempo estuvimos en aquel cuarto repleto de cajas y libros, supongo que el suficiente para recordar su cuerpo pequeño y su ropa interior de color negro durante muchas vidas. Su piel suave y madura, la dulzura inesperada entre desconocidos. La desnudez sin pudor. Eva y Marc con cicatrices, lunares y marcas de nacimiento. El obsequio de su pasión sabia, la incomodidad del suelo golpeando el coxis. La pared blanca y los suspiros invisibles. El descubrir que los cuerpos no tienen edad en el momento en el que se unen. La vida sin prejuicios. Labios vampiros y dedos viajeros con ganas de descubrir nuevos planetas. Las lenguas y el alma. Explosión. Fin.

Cuando terminamos y salimos de nuevo a la librería, Eva me dio un beso tenue, como si nada hubiera ocurrido. La batalla había finalizado y sonaba de nuevo Claro de Luna.

     -Me ha gustado mucho estar contigo, Marc, pero esto no ha pasado. Nunca. Ha sido una alucinación tuya, como tu visita de ayer. 

     -Y sobre el libro de poemas por el que me preguntaste: mejor, pídeselo a tu padre. Es su favorito  

  

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